Desde hace décadas, los astrónomos observan un fenómeno desconcertante: las galaxias giran de forma inesperada. Las estrellas en sus bordes exteriores se mueven más rápido de lo que deberían, según las leyes conocidas de la física. Para explicar esto, los científicos propusieron la existencia de algo llamado materia oscura: una sustancia invisible que aportaría la masa faltante.
Las llamadas constantes universales son valores físicos que, según nuestra comprensión actual, se mantienen iguales en todo el universo. Entre ellas están la velocidad de la luz c, la constante de Planck h, y también la constante gravitacional G, cuyo valor es aproximadamente 6.67×10−11 m3/kg⋅s2.
Pero, ¿qué pasaría si G no fuera realmente constante?
Algunos científicos han considerado la posibilidad de que su valor cambie dependiendo del entorno, especialmente en función de la distancia al centro galáctico o la curvatura del espacio-tiempo. Esta idea, aunque aún especulativa, podría ofrecer una nueva forma de explicar fenómenos que hoy atribuimos a la misteriosa materia oscura.
Pero… ¿y si la materia oscura no existiera? ¿Y si en lugar de eso, la gravedad misma se comportara de forma diferente en distintas partes del universo?
En la actualidad, la existencia de la materia oscura se propone para explicar por qué las galaxias giran más rápido de lo que deberían, si consideramos solo la masa visible. Sin embargo, si G variara a lo largo del espacio, esto alteraría la intensidad de la gravedad en diferentes regiones de la galaxia.
Esto podría generar efectos que imitan la presencia de masa adicional, sin que exista realmente esa masa oculta. En otras palabras, tal vez no falte materia: tal vez esté cambiando la gravedad.
En nuestras fórmulas para calcular la fuerza gravitatoria, usamos la constante de gravitacional universal G. Se descubrió en el siglo XVIII gracias al experimento de Cavendish, y desde entonces ha sido tratada como un número fijo e inmutable.
Podría ser que G varíe ligeramente según la región del espacio, especialmente en lugares donde el espacio y el tiempo están más curvados, como cerca del centro de una galaxia.
Si realizáramos un experimento tipo Cavendish interestelar, es decir, si midiéramos G mediante una balanza de torsión en un planeta cercano al centro galáctico, donde el tiempo pasa más lentamente debido a la curvatura, podríamos observar:
- Diferente tiempo de oscilación del sistema (por efectos de dilatación temporal).
- Diferente escala espacial (por efectos de compresión espacial).
Esto cambiaría el resultado del cálculo de G, dando una medición distinta de la obtenida en la Tierra.
La constante G incluye en sus unidades metros cúbicos y segundos al cuadrado (m3/kg⋅s2), lo que nos recuerda que está profundamente conectada con el espacio y el tiempo. En zonas con gran curvatura del espacio-tiempo, como el centro de una galaxia, estas escalas podrían no comportarse como en regiones más planas del universo.
Este fenómeno podría explicar por qué las galaxias parecen tener más masa de la que podemos observar directamente. La variación de G en diferentes regiones del espacio podría crear efectos gravitacionales similares a los que atribuimos a la materia oscura. Sin embargo, esta hipótesis aún requiere una comprensión perfecta de la mecánica de movimiento de una galaxia espiral que considere la curvatura del tiempo y del espacio.
La idea de que G no es universal sino que depende del entorno es aún altamente especulativa. Pero de confirmarse, significaría un cambio radical en la física moderna: pasaríamos de un universo homogéneo y regido por constantes fijas, a uno dinámico y regionalmente variable, con simetrías de tiempo y espacio locales y tendría implicaciones profundas:
Habría que revisar la teoría de la relatividad general de Einstein, que asume que G es constante en el universo.
Podríamos encontrar que otras “constantes” universales, como la velocidad de la luz o la constante de Planck, también podrían variar ligeramente en distintos entornos cósmicos.
Y sobre todo, podríamos necesitar una nueva forma de entender el universo, sin necesidad de materia oscura invisible.
En conclusión, quizás la clave del misterio no está en lo que no podemos ver, sino en cómo entendemos la gravedad. Tal vez G, esa constante que dábamos por segura, sea más flexible de lo que pensamos.
Por ahora, esta hipótesis debe ser explorada con cautela. Las observaciones astrofísicas, la precisión de los relojes atómicos y los experimentos con sondas espaciales son las herramientas que podrían confirmar (o descartar) esta idea.
A veces, las grandes revoluciones científicas no vienen de descubrir cosas nuevas, sino de ver con nuevos ojos las cosas que creíamos ya entendidas.
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