A veces hay personas mayores que se van antes de morir. Es conmovedor cuando un ser querido, con quien se han compartido años de vida y memorias, de pronto pregunta: «¿quién eres?», cada vez que te ve. Esa persona, en cierto modo, ya se ha ido. Ya no está presente su identidad, su historia, su conciencia. Solo queda el cuerpo, pero lo esencial ha partido…ya se fue.
Nuestros recuerdos, vivencias, traumas y reflexiones construyen aquello que somos. Sin ellos, ¿qué queda? La pérdida de memoria profunda es una especie de muerte en vida, una despedida gradual y silenciosa de la persona que alguna vez fue…ya te fuiste en vida.
Las religiones suelen ofrecer consuelo con narrativas sobre el alma y la vida después de la muerte. Sin embargo, qué ocurre cuando la persona se disuelve en vida, cuando la conciencia desaparece antes que el cuerpo. La neurociencia moderna ha avanzado en identificar las regiones del cerebro implicadas en la conciencia. Si la conciencia depende del cerebro, cuando este deja de funcionar, también lo hace la conciencia o ¨alma¨. Desde esta perspectiva, cuando morimos, todo termina.
Sin embargo, quienes tenemos hijos nos vamos con la ilusión de que continuamos vivos a través de ellos, pues llevan nuestros genes y todo lo que pudimos transmitirles durante la vida. Es el sentido circular de la vida: un ciclo termina y otro continúa…y muchas veces evoluciona…es suficiente.
Desde la física, la vida es una organización compleja de la misma materia inerte que forma el universo. La diferencia está en la estructura y en su capacidad de procesar energía. La vida, al parecer, maximiza la producción de entropía, es decir, la dispersión de energía no aprovechable. Según la segunda ley de la termodinámica, en todo sistema cerrado la entropía tiende a aumentar. Todo evoluciona hacia un estado más probable, que es también «más desordenado». Hacia una homogeneidad sin estructura. Nunca me gusto el asociar entropía con «caos», mas bien es solo «falta de estructura», la homogeneidad no pienso que deba ser considerado caos.
Nuestro organismo es un sistema abierto, lo que significa que intercambiamos materia y energía con el entorno constantemente. Pensando que la vida se acaba cuando su entropía alcanza un valor critico, podríamos preguntarnos que actividad y que tipo de energía deberíamos consumir para minimizar el estrés metabólico y daño celular, promoviendo la longevidad. Lo ideal seria buscar alimentos, que al descomponerse en el organismo, generen energía útil con la menor producción de entropía no aprovechable.
El envejecimiento podría verse como una manifestacion de la entropia en el organismo, una acumulacion progresiva de desorden molecular, daño celular y perdida de eficiencia en los procesos biologicos. Nuestra «fabrica de energía», las mitocondrias, con la edad, se deterioran y generan mas productos de desecho, aumentando el desorden metabólico y reduciendo la capacidad del cuerpo de mantenerse organizado. En general, los mecanismos de regulación del cuerpo se vuelven menos precisos, es la entropía biológica en acción.
La entropía del envejecimiento no se puede detener por completo, pero se puede ralentizar adoptando hábitos saludables que mantengan la estructura y el orden en el cuerpo. Encuentro en la literatura algunas estrategias efectivas que las cito:
- Ayuno intermitente o restricción calórica, que activan mecanismos de reparación celular y disminuyen el daño oxidativo.
- Alimentos ricos en nutrientes y bajos en azúcares simples, que generan energía con menor carga de entropía.
- Ejercicio físico regular, que mejora la función mitocondrial y mantiene el orden interno.
- Buen descanso, esencial para la reparación celular y el balance hormonal.
- Manejo del estrés, ya que el exceso de cortisol acelera la degradación sistémica.
En definitiva, el envejecimiento es inevitable, pero no uniforme. Podemos tomar decisiones que influyan en la calidad del tiempo que vivimos. La entropía no se elimina, pero se puede gestionar.
Aceptar que todo tiene un fin puede ser duro, pero también liberador. Nos invita a vivir con mayor presencia, a valorar la conexión, a cuidar de nosotros y de los demás. La conciencia es frágil, pero mientras la tengamos, es una oportunidad única para existir con sentido. La verdadera trascendencia, quizás, no está en sobrevivir a la muerte, sino en la huella que dejamos en quienes amamos, en las ideas que forjamos, en el conocimiento que compartimos y en los avances que impulsamos.