Una de las características más notables del ser humano es su capacidad de regocijarse ante la inmensidad.
Inmensidad es la cualidad de aquello que no tiene límites, o cuya magnitud resulta difícil de comprender o medir. Puede referirse tanto a lo físico —como el universo, el mar o una catedral— como a lo abstracto —como el amor, el tiempo o la genialidad de una mente extraordinaria—.
Es una palabra que sugiere algo vasto, profundo o infinito, evocando una sensación de asombro ante lo inconmensurable, lo insondable, lo enormemente bello. Lo inmenso nos conmueve, nos detiene, nos sobrecoge. Nos hace sentir pequeños, pero a la vez parte de algo mayor. Esta percepción puede despertar paz, un sentimiento de libertad o incluso una súbita conexión espiritual.
El sentimiento de inmensidad suele ser el inicio de una cadena: contemplación, reflexión e introspección. Como bien lo expresa Agustín Ostos, de “Soy Tribu”, cuando habla de la soledad buena-la que despierta el espíritu- que lleva a la contemplación; la contemplación a la reflexión; y la reflexión a la introspección. Esta cadena puede traer consigo la mejora del estado de ánimo, reducir el estrés. Tal vez este sentimiento que provoca la inmensidad solo pueda experimentarse en un instante de soledad voluntaria.
Este sentimiento aparece con fuerza en escenarios naturales: al observar una cascada imponente, un cielo estrellado libre de contaminación lumínica, o al divisar la Vía Láctea desde la cima de una montaña. En la película Everest, uno de los personajes se pregunta por qué subir a la montaña. La respuesta más célebre, de George Mallory, fue simple: “Porque está ahí«,…en otras palabras, es la curiosidad innata del ser humano que nos lleva a experimentar en vivo su majestuosidad. Y quizás, más allá del desafío físico o mental, lo que realmente nos impulsa es la promesa de inmensidad: la conexión personal con paisajes vastos, con el sonido del silencio, con los picos que se pierden en el horizonte, con sus innumerables colores y formas.
Y no solo en la naturaleza. También el arte tiene el poder de evocarla. Frente a la Mona Lisa —una pintura de dimensiones modestas—, lo que sentimos, más allá del gran nivel emocional, argumental, simbólico y técnico, es la inmensidad de la mente que la creó. Esa sensación se repite frente a obras maestras, ya sea una sinfonía, una escultura o un templo antiguo. Es por eso que viajamos para ver basílicas, pirámides, palacios, construcciones donde la grandeza de lo humano impresiona profundamente.
Entre tantas definiciones del arte, tal vez podríamos aventurarnos a agregar una más: lo que evoca inmensidad, puede ser llamado arte.
En el arte —así como en la montaña, el cielo, el amor, el tiempo— cuando sentimos Inmensidad, debemos recordar que hay algo más allá de nosotros, y al mismo tiempo, profundamente dentro de nosotros, conectándonos con el todo.